VENGA MONJAS
Humoristas
Los mejores 55 minutos de nuestras vidas se dieron a principios del 2010, en un avión, como todo lo interesante. Si a cualquier anécdota de tu vida le añades que sucedió en un avión, gana en magia y emoción. Los aviones te dan ese plus, son puro misterio. Una vez leímos que si naces en un avión, tu nacionalidad es la de la compañía aérea. No sabemos si es verdad, pero como dato es muy molón. Joder, ojalá hubiésemos nacido en un avión, eso sería tan infinitamente cool... Entonces nos llamarían CADA DÍA de Diesel.
Uf, perdón, que nos vamos por las ramas. Los 55 mejores minutos: se dieron en un vuelo de Los Ángeles a Las Vegas (jeje... pensabas que habíamos establecido el techo de lo molón en lo del avión, ¿eh? ¡Eso era solo el principio!). Íbamos a la ciudad del pecado a grabar uno de nuestros vídeos. Todo gracias a un gran amigo que nos había financiado un proyecto entero filmado en Estados Unidos y lo único que pedía a cambio eran unas risas. Volábamos de noche en un avión de Delta, una compañía que utilizaba top-models para sus vídeos de normas de seguridad pero que tenía contratadas mujeres de (sin exagerar, lo juramos) más de noventa años. No es broma, pillamos como tres o cuatro vuelos Delta y siempre se repitió la misma jugada.
Cada minuto que pasábamos en ese vuelo era más increíble que el anterior. Todo tenía algo de broma cósmica. Aun estando en el avión, aun viendo la ciudad desde el aire, iluminada como el Corte Inglés en Navidad, todavía no nos creíamos que eso estaba pasando de verdad. El jet-lag nos tenía un poco aturdidos, y eso le daba a todo una bruma todavía más como de sueño. Los dos guardábamos un silencio religioso, de respeto por la situación. Nos daba la sensación de que si nos lo tomábamos un poco a coña el piloto se enteraría y nos devolvería a casa. Nunca antes habíamos estado en una posición tan alta. No nos referimos al hecho de volar, sino a la idea de estar por encima de Las Vegas, la capital del cachondeo de Estados Unidos, que a su vez es la capital del cachondeo del mundo entero. Poder ver la ciudad en miniatura, sabiendo que en cuanto aterrizásemos, todo eso estaría a nuestra disposición para grabar nuestras aventuras. Algo así como estar en el coche de tus padres mirando un juego de mesa brutal que te acaban de regalar, justo antes de llegar a casa y ponerte a jugar con él como un animal.
Todo eso nos trasladó mentalmente al día en que empezamos con esto de los vídeos. En el sofá, proponiéndonos grabar una chorradita por puro aburrimiento. Una tarde tonta de verano. Estábamos entre grabar un vídeo de coña o poner un DVD de Los Simpson. En la vida podíamos imaginar que eso trascendería a ninguna parte, ni siquiera conocíamos Youtube. En el avión, imaginamos que algo parecido debieron sentir los pilotos talibanes del 11-S justo antes de chocar contra las torres; una regresión a los orígenes. “Bufff... esto es el final del camino, colega... acuérdate de cuando empezamos, ahí medio de borrachera, haciendo tiempo para que abrieran el metro...”. Estamos casi seguros de que los talibanes pensaron algo así.
Pasados esos 55 minutos ya estábamos andando sobre moqueta de colores, arrastrando nuestras maletas de ruedecitas y pillando cargas de electricidad estática que nos irían dando chispazos sin parar a lo largo de los siguientes días. Fueron unos días de ilusión pura; aprendimos a jugar al Black-Jack con croupiers salidas del Playboy, simulamos nuestra boda, fuimos timados por un imitador de Elvis, y descubrimos un club de striptease que emitía Lost detrás de las bailarinas. Esto entre muchas otras chorradas como, por ejemplo, grabar uno de nuestros mejores vídeos. Lo pasamos tremendo durante esos días, pero lo que siempre recordamos con más cariño son esos 55 minutos en el aire, suspendidos entre el recuerdo de las grabaciones domésticas y la perspectiva de algo nuevo y endemoniado.








