OTRAS
HISTORIAS

Carmen Giménez

Ganadora Concurso 55DSL

Cientos de personas sosteníamos una vela a las puertas de Graceland. Cuando el reloj marcó las doce de la noche, un silencio sepulcral se apoderó del Elvis Presley Boulevard

Javier Tles

Fotógrafo

Ha habido y habrá tantos momentos buenos en mi vida que recordar solo uno me parece injusto, así que casi prefiero recordar unos cuantos de los que conservo en la memoria.

Alena Kh

Intersexciones

Tengo que confesar que lo que a día de hoy me parece lo más bonito que me había podido pasar, aquel día fue todo un drama. Las experiencias que nos parecen traumáticas en su día, pueden seguir siéndolo, pero no podemos saberlo hasta que pasa el tiempo.
La verdad es que son muchos los momentos que me vienen a la cabeza, y es difícil elegir entre tantos. Sin embargo, he elegido 55 minutos un tanto particulares.

MARÍA ROSENDFELDT

Moda

Mi novio Jacobo y yo nos fuimos en Semana Santa a Budapest, Hungría. Era mi regalo de aniversario. Antes de ir hice una lista de las cosas que quería ver y comer. Una de ellas (quizá la que más me apetecía) era un barco-restaurante que da un paseo por el Danubio mientras sirven una típica cena húngara. Las fotos horteras que vi en internet me enamoraron completamente. Nada más llegar al hotel fuimos directos a recepción a informarnos sobre el maravilloso barquito. Nos dijeron que podíamos reservar la cena con o sin orquesta. Decidimos tirar la casa por la ventana y darlo todo con la orquesta.
 
Faltaban un par de horas para subir al barco. En el hotel, nos pusimos nuestras mejores galas y salimos a la calle. La empresa que organizaba las cenas nos citó en la puerta de un restaurante cerca del muelle donde nos encontramos a los que serían nuestros acompañantes durante la travesía. Señoras maravillosas en chándal, señores con chanclas ergonómicas y niñas con el pelo larguísimo y mejillas rosadas. Todo era perfecto. Una amable azafata nos guió desde el restaurante hasta el muelle y todo el grupo la seguimos obedientemente.
 
¡Llegamos al barco! Nada mas pisarlo me di cuenta de que era muchísimo mejor que en las fotos. Nos dieron una copita de champagne al entrar, para ir entonando el gaznate. Acto seguido nos sentamos en nuestra mesa y empezamos a visualizar el buffet libre. Un número ilegal de fuentes de plata repletas de comida de la cual no sabíamos su nombre. Todos los ocupantes mirábamos tímidamente las bandejas. Nadie se atrevía a desvirgar aquellas maravillas. Mientras tanto decidimos pedir una botella de vino blanco, por un precio casi de chiste. Lo mejor de Budapest es que puedes sobrevivir como un rey con dos duros.
 
Una señora con unas copitas de más decidió inaugurar el buffet. Para no ser menos, la seguimos. Cogimos un plato y nos lanzamos al abismo alimenticio. No tengo palabras para describir la cantidad de comida que allí había, pero lo intentaré. Para empezar, unas ensaladas con muchas locuras, arroces, patatas... Luego un caldero lleno de goulash (que fue el pilar del viaje, ya que lo comí todos los días durante mi estancia en Budapest). Este plato típico húngaro es un estofado a base de carne, cebollas, manteca, patata, pimientos rojos, tomate y especias. Lo que lo hace más característico es la paprika típica de Hungría y se sirve acompañado de una pasta parecida al gnocchi.
 
Nos servimos goulash como para alimentar a todo el barco y seguimos con nuestro paseo gastronómico por el buffet. La siguiente parada fue ante la fuente de los sarmales, unos rollitos de col rellenos de carne picada con una salsa deliciosa. Justo al lado encontramos una fuente de gnocchis húngaros, de espinaca y salsa de queso. Regresamos a la mesa con nuestro cargamento de alimentos. Todo era maravilloso. Las flores de plástico de la mesa y el vino blanco eran perfectos.
 
Comenzó la orquesta. Violín, violonchelo, contrabajo... Empezaron a tocar música típica mientras nosotros degustábamos los manjares. El violinista se paseaba por la sala acercándose a las mesas y acosando a los comensales. Temí por mi vida al pensar que podía morir atragantada si el violinista tocaba el Danubio Azul pegado a mi plato de goulash. Y ese momento llegó. Yo con la boca repleta de sarmales y el hombre con el violín nos deleito con su música. Conseguí superar ese bochorno sin asfixias de por medio. De premio decidimos repetir de todo un poco.
 
Entonces empecé a temer por la seguridad de mi estómago y la posibilidad de explotar, pero fue solo un momento de flaqueza. Nos lanzamos a por el postre. Otro universo de novedades en el mundo del dulce. Había mini-postres de muchas cosas: mousse de chocolate, de limón... Todo en unas copitas monísimas muy bien decoradas, así que cogimos un poco de todo. También había strudel de manzana y de cereza. Cogimos de los dos. Nos comimos todos los postres acompañados del vino blanco mientras por la ventana veíamos el Parlamento, el Palacio Real, edificios comunistas, fábricas y más palacios. Decidimos terminarnos la botella de vino en la terraza del barco para tomar el aire y disfrutar de las vistas. Budapest de noche, los palacios, mi novio Jacobo enfrente de mí, la brisa primaveral y el Danubio. Me dio tal síndrome de Stendhal que casi me desmayo. La travesía llegó a su fin, nos bajamos del barco y nos sentamos en un banquito para intentar asimilar tanta maravilla y que se nos bajara el pedo que llevábamos encima.