OTRAS
HISTORIAS

Carmen Giménez

Ganadora Concurso 55DSL

Cientos de personas sosteníamos una vela a las puertas de Graceland. Cuando el reloj marcó las doce de la noche, un silencio sepulcral se apoderó del Elvis Presley Boulevard

Javier Tles

Fotógrafo

Ha habido y habrá tantos momentos buenos en mi vida que recordar solo uno me parece injusto, así que casi prefiero recordar unos cuantos de los que conservo en la memoria.

Alena Kh

Intersexciones

Tengo que confesar que lo que a día de hoy me parece lo más bonito que me había podido pasar, aquel día fue todo un drama. Las experiencias que nos parecen traumáticas en su día, pueden seguir siéndolo, pero no podemos saberlo hasta que pasa el tiempo.
La verdad es que son muchos los momentos que me vienen a la cabeza, y es difícil elegir entre tantos. Sin embargo, he elegido 55 minutos un tanto particulares.

CHLOÉ WALLACE

Actriz/Foto

Una maleta de mano roja, un bolso con chicles, un libro que me había dejado un chico, valeriana a puñados y una Coca Cola light. Mi compañera siempre fiel -la cámara- y mis cinco criaturillas -mis flautas-. Lo necesario para tres noches en Londres con una única meta: entrar en la Guildhall School of Music and Drama. Universidad más bien conocida porque el famoso Legolás/Will Turner/Paris de Troya (aka Orlando Bloom) estudió allí junto a Ewan McGregor. De sus aulas han salido tropecientos músicos famosísimos de jazz y clásica. En fin, una de las mejores universidades para estudiar música y arte dramático.

 

Llevaba desde los doce años hablando con mi mejor amigo de la posibilidad de vivir la vida padre en Londres juntos, hacer las pruebas para entrar y ser supermegafelices. Había llegado el día. Estaba sentada escuchando como tocaban mis contrincantes. Mi competencia. Porque en el mundo del arte TODO es competencia. Cuando entré por la mañana en el edificio, me recorrió un escalofrío. No sé si fue por la mirada furtiva de una china violinista o la sensación de enormidad que me daba el estar allí. El lugar era espectacular. Se respiraba creatividad y talento en todos los rincones. Estaba rodeada de cerebritos y genios y acojonadísima. No eran mindundis cualquieras. Habían tenido que pasar pruebas y, o bien la pasta les salía por las orejas y estaban pagando 9.000 libras al año o eran tan malditamente brillantes que les habían dado una beca.

 

Me había acostado a las diez de la noche como una niña buena para estar descansada, después de dar un paseo por Brick Lane. Por la mañana me arreglé, repasé las obras y me fui. Luego estuve comiendo un sandwich typical british en una cafetería y tomándome la tercera valeriana del día. Haciendo tiempo hasta que fuese la hora de mi prueba. Y ahí estaba. Sentada escuchando como tocaba un tal Thomas James Shelbourn que debía tener cinco años más que yo, que era más alto que yo y más todo que yo y que me había sonreído con un ''Yo voy a entrar y tú no, ¿qué te crees, novata? Vete a tu puta casa'' implícito. Lo cierto es que hubiese salido corriendo, vuelto a casa, metido en la cama y lloriqueado a mi mamá. Pero en medio de esto y de montar las flautas, repasar las dos obras con el acompañante que era un jovencito buenorro y de autoanimarme con ''Vamos Chloé, ¡tú puedes!'', ya era mi turno.

 

Entré a la sala y había tres hombres sentados en una mesa con mogollón de papeles y botellas de agua preparados para decidir si patearme el culo o recibirme con los brazos abiertos. Con mi acento yankee me presenté, les conté lo que iba a tocar y me hicieron preguntas del tipo ¿Por qué quieres estudiar aquí? ¿Cuáles son tus defectos? Blablabla. Todo muy correcto y formal entre sonrisas y su cerrado acento british, que envidio. Y me puse a tocar. Decidí transformar los nervios en otra cosa y disfrutar del momento. ‘carpe diem’. Me pararon cuando aún no había terminado algunos pasajes, me equivoqué muy poco y me hicieron tocar a primera vista. Al acabar, me sonrieron y me dijeron que esperase fuera. Estuve esperando veinte minutos. Cuando me hicieron pasar y sentarme para decirme el veredicto me sentí como en Operación Triunfo.

 

Había entrado. Me querían aceptar en su universidad. De hecho, les encantaría tenerme allí. Y no sólo eso, además querían becarme. Aunque aún no sabía de cuánto dinero podría ser la beca porque las pruebas no habían terminado. No me lo podía creer. Me puse tan nerviosa que me equivoqué hablando en inglés y eso que soy bilingüe. Ahora que lo pienso, debieron de flipar porque tenía los ojos superabiertos. Recogí las flautas, el bolso y la chaqueta a toda mecha entre risas nerviosas, y bajé las escaleras corriendo. Crucé el larguísimo pasillo casi matándome, únicamente para poder llamar a mi madre. Marqué el número temblando y en cuanto cogió el teléfono empecé a  gritar y a saltar. Había unos tíos franceses con chelos y clarienetes fumando en la puerta que en otro momento hubiesen llamado mi atención y me hubiese hecho la interesante, pero a mi me daba igual todo en ese momento. Yo era lo-jodido-más. Estaba en éxtasis entre lágrimas y risas. Colgué el teléfono y me fui directa a un Starbucks a comprarme una de esas tartas de chocolate tan ricas que rebosan azúcar refinado, para celebrar la victoria.

 

Y estuve ahí sentada un buen rato, hasta que me acordé de que mi mejor amigo que tenía la prueba al día siguiente, me iba a ir a buscar, y en cuanto le vi esperando en la puerta  empezamos a gritar como cosacos. Él no entendía nada pero seguía gritando y yo le sacudía diciéndole ''¡He entrado, joder, he entrado!''. 55 minutos de tensión, ilusión, acojone y sensación de colocón. Una montaña rusa en Londres, vaya.