
Luna Miguel
Escritora
El primer minuto de la primera vez que probé el chocolate: no lo recuerdo pero dice mi madre que puse carita de haber descubierto una faceta desconocida del Universo. La vida sería distinta desde entonces. Quedaría enganchada.
El primer minuto de la primera vez que probé el hachís. Sentí lo mismo que ahí arriba. Pero no estaba mi madre.
El primer minuto de la primera vez que suspendí con un cero. No lloré. Me entró una fuerte risa. Qué mágica forma la del cero. Qué estúpida mi mente. Qué mal lo hice. Mi primer Epic Fail. Genial.
El primer minuto de la primera vez que me tatué. Fue en 2008, el mismo día que cumplí 18 años. El tatuador era un choni gordo y depilado. Lo sé porque no dejé de mirarle el pecho lleno de granitos mientras él apretaba mi muñeca. Era un dolor adictivo. Desde aquel momento supe que volvería a repetirlo.
El primer minuto de la primera vez que leí a Charles Bukowski.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a David Foster Wallace.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Leopoldo María Panero.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Gabriela Wiener.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Beatriz Preciado.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Roberto Bolaño.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Jack Kerouac
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Marcel Schwob
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Angélica Liddell
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Philip Roth
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Alejandra Pizarnik.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Anne Carson.
Pero también el primer minuto de la primera vez que besé un hombre mayor que yo: tendría quince años y ni un solo signo de acné y besaba a un tipo que, en ese primer minuto, sí, en ese primer minuto glorioso, no dejó de causarme cosquillas en el estómago. Qué nervios. Qué perversión. Qué asco de todo al mismo tiempo.
El primer minuto de la primera vez que comí una polla.
El primer minuto de la primera vez qué follé (con torpeza).
El primer minuto de la primera vez que me acosté con mi marido. Fue definitivo. Casémonos, pensé. Casémonos.
El primer minuto de la primera vez que monté en avión.
El primer minuto de la primera vez que vi amanecer después de una fiesta.
El primer minuto de la primera vez que vi amanecer desde un tren nocturno.
El primer minuto de la primera vez que vi el anochecer en Cabo de Gata tomando una cerveza y con el pelo lleno de sal marina.
El primer minuto de la primera vez que alguien leyó mis poemas: inseguridad, siempre nervios.
El primer minuto de la primera vez que alguien me retrató desnuda.
El primer minuto de la primera vez que el ginecólogo me metió aquel palo frío y gordo.
El primer minuto de la primera vez que me tocó un masajista.
El primer minuto de la primera vez que me hicieron la manicura.
El primer minuto de la primera vez que acaricié a un gato.
El primer minuto de la primera vez que escuché una de mis canciones preferidas en trance, en algún club, bailando, y los minutos que le siguieron.
El primer minuto de la primera vez que escuché a Laurent Garnier.
El primer minuto de la primera vez que escuché a Nicolas Jaar.
El primer minuto de la primera vez que escuché a Air.
El primer minuto de la primera vez que me bañé desnuda, por la noche, en una playa fría.
El primer minuto de la primera vez que entablé conversación con un escritor al que admiraba.
El primer minuto de la primera vez que me aplaudieron por actuar en público.
El primer minuto de la primera vez que vi Ghost World.
El primer minuto de la primera vez que vi Trainspotting.
El primer minuto de la primera vez que vi Pierrot le fou.
El primer minuto de la primera vez que vi actuar a Miguel Noguera y me reí tanto, tan pronto.
El primer minuto de la primera vez que me puse un perfume de más de 200 euros.
El primer minuto de la primera vez que vestí ropa de marca.
El primer minuto de la primera vez que me vi retratada en una revista de moda.
El primer minuto de la primera vez que maté a una cucaracha.
El primer minuto de la primera vez que hablé con mi madre después de que la operan y entonces me dijo que se encontraba bien y me sentí tan aliviada.
El primer minuto de la primera vez que recibí una carta con los resultados de un médico y todo estaba bien.
El primer minuto de la primera vez que recibí una carta con los resultados de una beca y había mucho dinero.
El primer minuto de la primera vez que abrí la página del BBVA y todo estaba vacío (comprendí lo que era ser adulto y no tener nada, y me sentí mal pero también bien porque la vida comenzaba de otra manera).
El primer minuto de la primera vez que te ves en una televisión nacional.
El primer minuto de la primera vez que te piden que trabajes en un sitio que te mola.
El primer minuto de la primera vez que recibes una caja de cartón con los ejemplares de tu libro, recién llegado de la imprenta.
El primer minuto de la primera vez que vi el libro de mi marido publicado.
El primer minuto de la primera vez que desperté con él en esta ciudad a la que nos habíamos mudado.
El primer minuto de la primera vez de, no sé, ya no sé qué más. Joder. Os he fallado. Sólo sé contaros los 54 mejores minutos de mi vida. Esperad. Seguro que me dejo algo. No sé... no sé.
El primer minuto de la primera vez que probé el hachís. Sentí lo mismo que ahí arriba. Pero no estaba mi madre.
El primer minuto de la primera vez que suspendí con un cero. No lloré. Me entró una fuerte risa. Qué mágica forma la del cero. Qué estúpida mi mente. Qué mal lo hice. Mi primer Epic Fail. Genial.
El primer minuto de la primera vez que me tatué. Fue en 2008, el mismo día que cumplí 18 años. El tatuador era un choni gordo y depilado. Lo sé porque no dejé de mirarle el pecho lleno de granitos mientras él apretaba mi muñeca. Era un dolor adictivo. Desde aquel momento supe que volvería a repetirlo.
El primer minuto de la primera vez que leí a Charles Bukowski.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a David Foster Wallace.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Leopoldo María Panero.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Gabriela Wiener.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Beatriz Preciado.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Roberto Bolaño.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Jack Kerouac
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Marcel Schwob
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Angélica Liddell
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Philip Roth
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Alejandra Pizarnik.
Pero también el primer minuto de la primera vez que leí a Anne Carson.
Pero también el primer minuto de la primera vez que besé un hombre mayor que yo: tendría quince años y ni un solo signo de acné y besaba a un tipo que, en ese primer minuto, sí, en ese primer minuto glorioso, no dejó de causarme cosquillas en el estómago. Qué nervios. Qué perversión. Qué asco de todo al mismo tiempo.
El primer minuto de la primera vez que comí una polla.
El primer minuto de la primera vez qué follé (con torpeza).
El primer minuto de la primera vez que me acosté con mi marido. Fue definitivo. Casémonos, pensé. Casémonos.
El primer minuto de la primera vez que monté en avión.
El primer minuto de la primera vez que vi amanecer después de una fiesta.
El primer minuto de la primera vez que vi amanecer desde un tren nocturno.
El primer minuto de la primera vez que vi el anochecer en Cabo de Gata tomando una cerveza y con el pelo lleno de sal marina.
El primer minuto de la primera vez que alguien leyó mis poemas: inseguridad, siempre nervios.
El primer minuto de la primera vez que alguien me retrató desnuda.
El primer minuto de la primera vez que el ginecólogo me metió aquel palo frío y gordo.
El primer minuto de la primera vez que me tocó un masajista.
El primer minuto de la primera vez que me hicieron la manicura.
El primer minuto de la primera vez que acaricié a un gato.
El primer minuto de la primera vez que escuché una de mis canciones preferidas en trance, en algún club, bailando, y los minutos que le siguieron.
El primer minuto de la primera vez que escuché a Laurent Garnier.
El primer minuto de la primera vez que escuché a Nicolas Jaar.
El primer minuto de la primera vez que escuché a Air.
El primer minuto de la primera vez que me bañé desnuda, por la noche, en una playa fría.
El primer minuto de la primera vez que entablé conversación con un escritor al que admiraba.
El primer minuto de la primera vez que me aplaudieron por actuar en público.
El primer minuto de la primera vez que vi Ghost World.
El primer minuto de la primera vez que vi Trainspotting.
El primer minuto de la primera vez que vi Pierrot le fou.
El primer minuto de la primera vez que vi actuar a Miguel Noguera y me reí tanto, tan pronto.
El primer minuto de la primera vez que me puse un perfume de más de 200 euros.
El primer minuto de la primera vez que vestí ropa de marca.
El primer minuto de la primera vez que me vi retratada en una revista de moda.
El primer minuto de la primera vez que maté a una cucaracha.
El primer minuto de la primera vez que hablé con mi madre después de que la operan y entonces me dijo que se encontraba bien y me sentí tan aliviada.
El primer minuto de la primera vez que recibí una carta con los resultados de un médico y todo estaba bien.
El primer minuto de la primera vez que recibí una carta con los resultados de una beca y había mucho dinero.
El primer minuto de la primera vez que abrí la página del BBVA y todo estaba vacío (comprendí lo que era ser adulto y no tener nada, y me sentí mal pero también bien porque la vida comenzaba de otra manera).
El primer minuto de la primera vez que te ves en una televisión nacional.
El primer minuto de la primera vez que te piden que trabajes en un sitio que te mola.
El primer minuto de la primera vez que recibes una caja de cartón con los ejemplares de tu libro, recién llegado de la imprenta.
El primer minuto de la primera vez que vi el libro de mi marido publicado.
El primer minuto de la primera vez que desperté con él en esta ciudad a la que nos habíamos mudado.
El primer minuto de la primera vez de, no sé, ya no sé qué más. Joder. Os he fallado. Sólo sé contaros los 54 mejores minutos de mi vida. Esperad. Seguro que me dejo algo. No sé... no sé.







