
FUCKIN’ BOLLOCKS
Músicos
La noche anterior habíamos estado en Oviedo tocando en un bar del centro y. la verdad, poca cosa. Pero aquel día iba ser muy grande pues eran las cinco de la tarde y acabábamos de llegar al prostíbulo de León en el que íbamos a tocar. Llegábamos con nuestra apreciada Fuckineta, una Volkswagen Transporter llena de plantas y flores de plástico. Primero sale de ella Imanol y lanza su bota al aire rompiendo un rótulo de cristal. Nos reímos mucho e intentamos apartar los cristales. Empezábamos bien. Nos tomamos unas cervezas y aparece el dueño del club. Él tío, raro de cojones, nos pregunta si tenemos idea de que ha pasado con el rótulo. Demasiada coincidencia, llegan los Fuckin’ Bollocks a la misma hora que se rompen cosas. Ni idea.
Hasta empezar la noche, nada especial. Pasamos la tarde tomando cervezas y tapas en el bar de la esquina. El típico bar español donde se sirve comida ultra-calórica y frecuentado por señores de más de 55 años a reventar de vinos finos, tipo Moriles o La Ina. Nos hartamos, después de cenar, a daiquiris y chupitos de Jack Daniels en un garito. Fórmula perfecta para emprender la noche. El prostíbulo era brillante y enorme. Estaba lleno de mujeres de todas las edades, etnias y clases. Todas nos miraban desde un sofá situado prácticamente en primera fila. Tengo la imagen de quince prostitutas sentadas en un sofá en semicírculo, vestidas con minifaldas muy cortas, comiendo pipas y tirando las cascaras al suelo. Mientras tocábamos bailaban y flipaban. Nos hacían guiños y se reían. Putas. Se iluminaban por cientos de lucecillas rojas. Se nos acercó una, de 67 años de edad, con más arrugas que una tortuga de tierra. Wally (el bajista) después de tocar decide quitarse la camiseta sudada y le suelta: “Hola, me ha dicho mi amiga Elvira que si sigues sin camiseta te va a hacer una felación”.
La verdad es que nos quedamos congelados. Más tarde siguió el festival de prostitutas. Mientras el batería recogía su bombo, una de ellas se metió dentro de la funda del bombo y nos sorprendió como si saliera de una caja de regalos enorme. Otra nos explicaba sus prácticas sexuales con pinceles y cristales de aumento. Otra nos contó que cuando iba caliente se tomaba un café y se calmaba. Aquel prostíbulo tenía las rameras más bizarras del mundo y los 55 minutos después de tocar fueron los más apasionantes en los que nos podríamos haber encontrado jamás.









