OTRAS
HISTORIAS

Carmen Giménez

Ganadora Concurso 55DSL

Cientos de personas sosteníamos una vela a las puertas de Graceland. Cuando el reloj marcó las doce de la noche, un silencio sepulcral se apoderó del Elvis Presley Boulevard

Javier Tles

Fotógrafo

Ha habido y habrá tantos momentos buenos en mi vida que recordar solo uno me parece injusto, así que casi prefiero recordar unos cuantos de los que conservo en la memoria.

Alena Kh

Intersexciones

Tengo que confesar que lo que a día de hoy me parece lo más bonito que me había podido pasar, aquel día fue todo un drama. Las experiencias que nos parecen traumáticas en su día, pueden seguir siéndolo, pero no podemos saberlo hasta que pasa el tiempo.
La verdad es que son muchos los momentos que me vienen a la cabeza, y es difícil elegir entre tantos. Sin embargo, he elegido 55 minutos un tanto particulares.

MARYTA ALONSO

Periodista

Mis 55 minutos más felices siempre tienen lugar aproximadamente el día 20, cuando tengo que hacer cuentas para no terminar comiendo geranios de los balcones de Malasaña. Sí: soy una damisela en apuros en cuestiones económicas. Me despierto a las 6.40 am y me dirijo feliz a la nevera. Un brick medio vacío de leche me da los buenos días, mientras compruebo con pesadumbre que mi caja de cereales ha dejado de tener copos de maíz para tener restos de maíz. ¡Hasta el gallo verde de la caja esboza una mueca de guasa cuando ve cómo rebusco en el fondo del paquete! Intento olvidar la idea de desayunar un vaso de agua hasta la llegada de mi nómina y me dispongo a preparar el tupper (sí: el glamour ha llegado a mi encimera). Veo cómo un par de judías verdes (en lata, no creáis que soy una reputada chef) flotan en el agüilla y rescato un tomate del fondo de la nevera. Convenientemente congelado por la parte de atrás, hasta que logre reunir dinero para comprar un nuevo frigorífico que haga que mis alimentos no vivan en un constante Ice Age.

El terror me invade: “TENGO que ir al supermercado”. Me tumbo en la cama mientras enciendo el portátil para visitar mi banco, guardián de mis últimas miserias de mes. Empiezo a hacer cuentas, comparo supermercados online (es una ordinariez comparar precios in situ) y me doy cuenta de que si quiero tener una dieta equilibrada -o que al menos no haga que una cena de Calista Folkhard sea un banquete- me faltan un buen puñado de euros. COMIENZA LA AVENTURA. Me lanzo a Infojobs para buscar trabajos de azafata (algo rápido que dé dinero y no implique pulular por camas de desconocidos) y maldigo a los dioses por no medir 1,75 cm. Trato de estirarme, pero esos dos centímetros no llegan a mi ser, por lo que tengo que abandonar la oferta. Parece que el Niño Jesús no está de mi parte. Llamo a mi madre, siempre dispuesta a darme dinero, y termino por rechazar su ayuda creyéndome una mujer independiente capaz de lograr unos euros de forma inmediata. En realidad, este ritual me encanta porque reafirma la idea de que mi madre siempre estará dispuesta a financiar a su hija pobre mientras rechaza su caridad en un acto (innecesario) de chulería. Los libros de autoayuda han hecho de mí una mujer excepcional y exclamo en alto “¡Tú puedes!” (nota mental: el siguiente gasto que no sea en libros de autoayuda, sino en un buen psiquiatra).

Quiero dar rienda suelta a mi labor de periodista y me meto en uno de esos portales de blogs que ofrecen diez céntimos por post. Me enervo y termino por descubrir que solo me darán esos jugosos centimillos si un mínimo de cien personas hacen click en el artículo. Si tuviera semejante poder de convocatoria, sería chamán, no periodista. Sé que a cinco minutos de llegar a la felicidad (que siempre llega) puede parecer que mi espacio happy mensual es una agonía, pero no es así: me encanta investigar formas de conseguir dinero rápido para darme cuenta de cómo va el mundo. Mal, sí, pero tan rematadamente mal que resulta divertido por las atrocidades que piden. “Mujer de entre 20 y 28 años, 1,80cm, bilingüe en inglés e italiano para ser azafata de congresos. 20 euros el día” o  “Texto con rigor científico, 1.500 caracteres, en inglés y español. Diez céntimos si se logran cien clicks”. MARAVILLOSO.

Pero lo realmente genial es cuando me dispongo a salir de casa, sin una fuente de financiación clara, y al ponerme los vaqueros descubro veinte euros en el bolsillo. ¡Benditos jeans! Cojo el bolso y rebusco en el fondo, donde me encuentro cantidades que oscilan entre calderilla y billetes. Al final, saber que la solución a tus apuros de fin de mes se encuentran en tu ropa, es la mayor satisfacción que una puede sentir. Salgo de casa, bajo las escaleras y me lanzo a la calle. El momento realmente feliz (y sí, ese es el minuto 55) es cuando me acuerdo de sacar el billete del bolsillo trasero y lo guardo en mi monedero. ¡Un roce obsceno callejero podría alegrar la mañana pero tirar por tierra mi gran fortuna a manos de un ladrón de poca monta!