OTRAS
HISTORIAS

Carmen Giménez

Ganadora Concurso 55DSL

Cientos de personas sosteníamos una vela a las puertas de Graceland. Cuando el reloj marcó las doce de la noche, un silencio sepulcral se apoderó del Elvis Presley Boulevard

Javier Tles

Fotógrafo

Ha habido y habrá tantos momentos buenos en mi vida que recordar solo uno me parece injusto, así que casi prefiero recordar unos cuantos de los que conservo en la memoria.

Alena Kh

Intersexciones

Tengo que confesar que lo que a día de hoy me parece lo más bonito que me había podido pasar, aquel día fue todo un drama. Las experiencias que nos parecen traumáticas en su día, pueden seguir siéndolo, pero no podemos saberlo hasta que pasa el tiempo.
La verdad es que son muchos los momentos que me vienen a la cabeza, y es difícil elegir entre tantos. Sin embargo, he elegido 55 minutos un tanto particulares.

KOSTROK CREW VALENCIA

Música

Oteamos entre la gente que esperaba la llegada del tren e hicimos gestos típicos de la gente que no sabe en qué lado dar el primero de los dos besos. En plan ¿nosotros? ¿sí? no, ejem… Dejamos de buscar a nuestro inexistente guía y salimos a la calle a ensuciar el aire con un cigarrillo.
 
Lo vimos a lo lejos. Un rockero de la vieja escuela con una trenza que alcanzaba su rabadilla y un bigote que podría ser perfectamente de ancestro vikingo. Llevaba una camiseta negra de Fabrik Madrid. Pero me gusta tirar de fantasía recordarlo con el anagrama de AC/DC y un cartel de Kostrok entre las manos. El hombre estaba apurado por el pequeño retraso y casi tuvimos que placarlo en la puerta para que no entrase en la estación a buscarnos. Pidió disculpas y se presentó: “Queque, como que dicho dos veces”. Subimos al coche y mientras nos comentaba lo mal que estaba el tráfico en Madrid llegamos a las puertas del hotel que nos habían asignado en la calle Atocha. Tras acordar nuestro rencuentro a la una y cuarto de la madrugada, Queque desapareció y buscamos un sitio para comer. A media tarde decidimos iniciar nuestro sagrado ritual de descanso conocido universalmente como siesta, que se prolongó más de lo esperado.
 
Noté una mano que me zarandeaba y un acto reflejo nada más salir del sueño me hizo mirar el reloj: 02:00 marcaba implacable. Automáticamente llamamos a Queque y nos dijo que no había problema, que llevaba desde la 01:00 en la puerta del hotel. ¡Grande! Nos duchamos rápidamente, nos peinamos en el ascensor y ya estábamos de camino a Fabrik mientras nos atábamos los cordones de los zapatos. Este trayecto nos dio para conocer un poco más de nuestro amigable runner. Tiene un grupo de rock llamado Chamán desde el año 1989 (año en que yo nací) que se auto-produce absolutamente todo y que, aunque nunca ha alcanzado el éxito comercial, vive con la misma ilusión y ánimo que cuando yo era un feto (literalmente). Risas y conexión hablando de los tejemanejes de su escena y la nuestra mientras dejaba entrever que sus problemas económicos que le habían hecho buscarse este trabajo, que aceptó con absoluta gratitud dadas las circunstancias. Una cosa llevó a la otra. Nos vimos envueltos en una conversación sobre el valor de la vida, la lucha por la música cuando realmente la sientes y de cómo mantenía los principios en pie mientras todo tipo de condiciones desfavorables auguraban lo que en otra piel supondría un claro arrojamiento de toalla. 
 
Llegamos a Fabrik y toda esta conversación resonaba en mi cabeza mientras dejábamos atrás a nuestro nuevo amigo a las puertas del backstage. Minutos más tarde empezamos nuestro directo en Fabrik junto a Skrillex, uno de los grandes artistas más agradables con los que nos hemos cruzado. La organización de la sala es genial y el público como loco. Finalizamos nuestro set a las 07:00 de la madrugada y tras nuestra eyaculación musical nos encontramos a Queque con una sonrisa. “¿Cóomo va eso? “¡Genial, habéis estado increíbles chicos”. Se le veía cara de cansado pero ahí estaba aguantando el tipo. El camino de vuelta comenzó con una bofetada en la cara por parte del sol, que nos saludaba puntual. Queque nos dijo alegre que estaba acostumbrado (más o menos como nosotros), puesto que se pasó una temporada en un trabajo en el cual tenía que despertarse a las 05:00, conducir decenas de kilómetros, "poner las calles" de un polígono de Madrid, coger una furgoneta y distribuir mercancías de arriba para abajo hasta bien entrada la tarde. Lo impresionante del asunto es que mientras nos contaba su constante lucha con la vida, una omnipresente sonrisa vestía su cara ante nuestra perplejidad. Le invitamos a desayunar, pero rechazó la oferta puesto que lo que más le apetecía era irse a casa con su mujer y su hija.
 
Chapó para un hombre que a pesar de las adversidades vive su vida con templanza, ilusión y pasión por la música. En la vida a veces vienen dobladas, pero Queque y los 55 minutos que pasamos viajando con él representan para nosotros que la felicidad no es un estado, es una actitud ante la vida.
 

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