
NAIARA GOIKOETXEA
Artista
Lo declararon festivo en los colegios y tiendas. Las universidades se inventaron una huelga. Aquel martes había casi un millón de personas en las calles de Bilbao. Mi madre era de las pocas que no estaba entre ellos. Ella y aquel médico.
-Como verás, apenas hay personal y estamos atendiendo únicamente casos prioritarios y urgencias. Tu caso –afortunadamente- es posible y aconsejable retrasarlo.
-Hombre…
-Alégrate mujer. Yo en tu lugar no querría dar a luz en un día como este. A no ser que hubiera alguna complicación, vuelve mañana con las placas y vemos como sigue la cosa.
Supongo que al día siguiente la resaca había hecho mella en todos, porque “la cosa” se retrasó y terminaron sacándome del vientre materno el 5 del 5, a las 10:05 de la mañana. No habría estado mal nacer el histórico día en que el Athletic de Bilbao celebró su título de liga sacando la gabarra por primera vez (aunque imagino que a mi madre no le habría hecho gracia que nadie viniera a visitarnos). Al pensar en el número 55, esto fue lo primero que me vino a la cabeza.
Después me puse a recapitular anécdotas o sucesos de mi vida: error. Del terrible pozo sin fondo de escritos de mi infancia y adolescencia, creo que apenas hay algo que pueda rescatar que (estando en vuestro lugar) me gustase leer. Y aunque creo que pertenezco a la categoría de personas-a-las-que-le-pasan-cosas, también soy del club de las que las olvidan. Entonces me acordé de cierta historia referente a un abridor de botellas. Yo era todavía una mocosa. Estaba en el salón viendo la televisión con mi padre. Daban ‘La leyenda del indomable’. A él le dio por contarme como habían rodado una de las escenas de la película.
-¿Ves? Usaban una serpiente de verdad y otra de mentira. Mira… ¡ahora!
No daba demasiada importancia a lo que me contaba. Casi le hacia más gracia saber lo de la condenada serpiente. Yo no podía creer que fuera cierto lo que estaba a punto de contarme. ”Esto es lo más alto a lo que vas a llegar”, recuerdo pensar. Y eso que, una vez más, el protagonista era otro.
El caso es que la historia la conozco como si la hubiera vivido: Un campo de California .Un día de calor. Mi padre y una máquina para trabajar el campo. Paisaje semidesierto. Moscas. A lo lejos un grupo de personas junto a una valla. Esto le extrañó. Alguien se acercó a explicarle que estaban rodando una película y que aquel grupo de personas eran admiradores. El ruido de las máquinas estaba imposibilitando el rodaje, así que le ofrecieron acceder a la zona restringida y comer con el equipo, si a cambio paraba el motor. Lo próximo fue terminar jugando a cartas con Paul Newman. Durante la partida, les trajeron unos botellines de cerveza y mi padre sacó un abridor que solía llevar encima. Según cuenta, a Paul por alguna razón le gustó y cuando mi padre le dijo que se lo quedase, este se lo colgó de una cadena que llevaba al cuello. Durante la mayor parte de la película se puede ver a ‘Cool Hand Luke’ con el viejo abrebotellas de mi padre en el pecho.
Creo que de esto aprendí que, si te lo propones, puedes llegar a conseguir lo que quieras (como apostar que puedes comer cincuenta huevos y ganar o pasar de vivir en un caserío en el monte a brindar con el guapo de Paul en un campo californiano). Cuanto le odié por no conservar una foto de aquello. Y como le quise. No sólo me he dado cuenta de que con el tiempo suelo olvidar las casualidades, anécdotas o cosas curiosas que me van pasando, sino que si hablase de los “mejores 55 minutos de mi vida”, es casi seguro que no serían seguidos. Y por mejores, podríamos decir felices. He vivido momentos felices pero la mayoría no llegaban al minuto de duración. Odio que sean breves, condenadamente breves. Es como una fugaz sensación de placer, de algo así como repentina alegría o armonía que se presenta -muchas veces por sorpresa- y que como aparece se va. La razón de su brevedad podría ser que, de otra forma no sabríamos apreciar esos instantes y por lo tanto dejarían de ser especiales. ¿Os suena esta mierda?
Pocas veces pasa, pero cuando pasa, es mágico. No sabes por qué, pero una voz en off en tu cabeza, como sacada de un anuncio de compresas, dice: “Me siento viva”. Si tuviera que escoger, buscaría entre esos minutos. Después de todo, son los que guardaré como diamantes en una cajita. Y, qué demonios, los prefiero así, pequeños, especiales, y escondidos. Minutos repartidos en el tiempo esperando que pase lo que tenga que pasar para que sucedan, sean vividos, existan y alguien los recuerde. ‘Cool Hand Luke’, subo la apuesta: apuesto a que reúno 55.

-Como verás, apenas hay personal y estamos atendiendo únicamente casos prioritarios y urgencias. Tu caso –afortunadamente- es posible y aconsejable retrasarlo.
-Hombre…
-Alégrate mujer. Yo en tu lugar no querría dar a luz en un día como este. A no ser que hubiera alguna complicación, vuelve mañana con las placas y vemos como sigue la cosa.
Supongo que al día siguiente la resaca había hecho mella en todos, porque “la cosa” se retrasó y terminaron sacándome del vientre materno el 5 del 5, a las 10:05 de la mañana. No habría estado mal nacer el histórico día en que el Athletic de Bilbao celebró su título de liga sacando la gabarra por primera vez (aunque imagino que a mi madre no le habría hecho gracia que nadie viniera a visitarnos). Al pensar en el número 55, esto fue lo primero que me vino a la cabeza.
Después me puse a recapitular anécdotas o sucesos de mi vida: error. Del terrible pozo sin fondo de escritos de mi infancia y adolescencia, creo que apenas hay algo que pueda rescatar que (estando en vuestro lugar) me gustase leer. Y aunque creo que pertenezco a la categoría de personas-a-las-que-le-pasan-cosas, también soy del club de las que las olvidan. Entonces me acordé de cierta historia referente a un abridor de botellas. Yo era todavía una mocosa. Estaba en el salón viendo la televisión con mi padre. Daban ‘La leyenda del indomable’. A él le dio por contarme como habían rodado una de las escenas de la película.
-¿Ves? Usaban una serpiente de verdad y otra de mentira. Mira… ¡ahora!
No daba demasiada importancia a lo que me contaba. Casi le hacia más gracia saber lo de la condenada serpiente. Yo no podía creer que fuera cierto lo que estaba a punto de contarme. ”Esto es lo más alto a lo que vas a llegar”, recuerdo pensar. Y eso que, una vez más, el protagonista era otro.
El caso es que la historia la conozco como si la hubiera vivido: Un campo de California .Un día de calor. Mi padre y una máquina para trabajar el campo. Paisaje semidesierto. Moscas. A lo lejos un grupo de personas junto a una valla. Esto le extrañó. Alguien se acercó a explicarle que estaban rodando una película y que aquel grupo de personas eran admiradores. El ruido de las máquinas estaba imposibilitando el rodaje, así que le ofrecieron acceder a la zona restringida y comer con el equipo, si a cambio paraba el motor. Lo próximo fue terminar jugando a cartas con Paul Newman. Durante la partida, les trajeron unos botellines de cerveza y mi padre sacó un abridor que solía llevar encima. Según cuenta, a Paul por alguna razón le gustó y cuando mi padre le dijo que se lo quedase, este se lo colgó de una cadena que llevaba al cuello. Durante la mayor parte de la película se puede ver a ‘Cool Hand Luke’ con el viejo abrebotellas de mi padre en el pecho.
Creo que de esto aprendí que, si te lo propones, puedes llegar a conseguir lo que quieras (como apostar que puedes comer cincuenta huevos y ganar o pasar de vivir en un caserío en el monte a brindar con el guapo de Paul en un campo californiano). Cuanto le odié por no conservar una foto de aquello. Y como le quise. No sólo me he dado cuenta de que con el tiempo suelo olvidar las casualidades, anécdotas o cosas curiosas que me van pasando, sino que si hablase de los “mejores 55 minutos de mi vida”, es casi seguro que no serían seguidos. Y por mejores, podríamos decir felices. He vivido momentos felices pero la mayoría no llegaban al minuto de duración. Odio que sean breves, condenadamente breves. Es como una fugaz sensación de placer, de algo así como repentina alegría o armonía que se presenta -muchas veces por sorpresa- y que como aparece se va. La razón de su brevedad podría ser que, de otra forma no sabríamos apreciar esos instantes y por lo tanto dejarían de ser especiales. ¿Os suena esta mierda?
Pocas veces pasa, pero cuando pasa, es mágico. No sabes por qué, pero una voz en off en tu cabeza, como sacada de un anuncio de compresas, dice: “Me siento viva”. Si tuviera que escoger, buscaría entre esos minutos. Después de todo, son los que guardaré como diamantes en una cajita. Y, qué demonios, los prefiero así, pequeños, especiales, y escondidos. Minutos repartidos en el tiempo esperando que pase lo que tenga que pasar para que sucedan, sean vividos, existan y alguien los recuerde. ‘Cool Hand Luke’, subo la apuesta: apuesto a que reúno 55.







