
MACACO
Músico
Durante la última gira por México, Brasil y Argentina, estuve con mi amigo B-Negâo (Planet Hemp, Marcelo D-Dos…). Un tipo muy inquieto al que había conocido en España. Hice otras colaboraciones con artistas brasileños como Seu Jorge o Lenine, pero con él tengo una conexión más personal. Después de tocar en São Paulo fuimos juntos a Río y nos acompañó Gus Carballo, cámara en mano, grabando cosas improvisadas para el videoclip de Love is the only way. B-Negâo me contó que estaba haciendo un trabajo de integración social entre el barrio de Santa Teresa, donde viven muchos músicos artistas y músicos en la parte de montaña de Río, y la favela que hay justo al lado pegada. Le pregunté si creía que podríamos entrar allí a tomar algunas imágenes y me contestó que sí, pero que antes había que pedir unos permisos.
Habló con la matriarca, que es como la presidenta de la favela, donde tienen sus propias leyes. Una señora mayor que estaba allí al lado de una cocina y a mí me recordaba a la mujer de Matrix, la del oráculo. Una mujer encantadora que nos dio permiso para hacer unos playbacks allí. Nada más entrar en aquel laberinto de paredes estrechas de cemento que te van llevando de un lado (si te dejan solo ahí y te pierdes seguro), sentí una mezcla de inquietud y emoción. Mientras rodábamos iba apareciendo gente y todo el mundo era supercariñoso. Teníamos el chip de que en la favela todo es violencia, que por supuesto la hay pero como en todos lados, y en un rato ya nos sentíamos supertranquis, superseguros y la gente superamable. Y sobre todo yendo con la música por delante. Puede sonar un poco a tópico pero cuando vas con la música como tarjeta de visita y pasaporte te abren las puertas. Estuvimos haciendo jam con gente de ahí por todas las callecitas. Fue una experiencia preciosa. Pasamos un rato maravilloso y agotador y en sólo 55 minutos ya me quedé muy enamorado de la favela.
Al grabar en estos sitios no necesitas maquillaje. Recuerdo que nos paramos en un pequeño bar maravilloso. Todo lo que sale de allí tiene mucha fuerza: las caras de la gente, las antenas… La tierra de Brasil está muy viva y en cualquier cemento, a la que te despistas, aparece un árbol rompiendo el suelo y creciendo. Esa mezcla de antenas y raíces me sorprendió. Y la gente, tan maja y abierta que compartía todo con nosotros. Algunas fotos de ahí aparecen en mi libro Amor a lo diminuto. Me sorprendió la cantidad de arte urbano que había y el nivelón. Hay un barrio de São Paulo donde graffiteros de street art, algunos amigos míos, hacen verdaderas obras de arte. Pero en Os Praceres los hace la gente de allí de la favela y ya en la entrada hay una pintada maravillosa. Mucho nivel. También hay grandes músicos. Y una biblioteca que se han ido currando poco a poco. Ha cambiado mucho el tema de las favelas en los últimos seis siete años. Todavía hay desequilibrios pero la cosa está más nivelada. Hay menos violencia y cada vez más gente haciendo proyectos integradores de chavales haciendo surf y de todo.
Ahora tengo la idea de hacer un concierto para esta gente que se portó tan bien conmigo. Volver en noviembre, que estaré tocando por allí, y participar del trabajo social de integración que hace mi compadre B-Negâo. En Sudamérica lo que crea más violencia es separar y poner muchas rejas y levantar muros. Es así como se crean todos los problemas. Por eso están trabajando mucho para que no se creen muros entre Santa Teresa y la favela de Os Praceres y demostrar que si integras un barrio con otro las cosas fluyen y no hay ningún tipo de violencia. Si pones trescientos seguratas con pistolas es donde se genera la actitud violenta. Para mí poder disfrutar de Os Praceres fue una experiencia muy bonita en la que me lo pasé muy bien.
Habló con la matriarca, que es como la presidenta de la favela, donde tienen sus propias leyes. Una señora mayor que estaba allí al lado de una cocina y a mí me recordaba a la mujer de Matrix, la del oráculo. Una mujer encantadora que nos dio permiso para hacer unos playbacks allí. Nada más entrar en aquel laberinto de paredes estrechas de cemento que te van llevando de un lado (si te dejan solo ahí y te pierdes seguro), sentí una mezcla de inquietud y emoción. Mientras rodábamos iba apareciendo gente y todo el mundo era supercariñoso. Teníamos el chip de que en la favela todo es violencia, que por supuesto la hay pero como en todos lados, y en un rato ya nos sentíamos supertranquis, superseguros y la gente superamable. Y sobre todo yendo con la música por delante. Puede sonar un poco a tópico pero cuando vas con la música como tarjeta de visita y pasaporte te abren las puertas. Estuvimos haciendo jam con gente de ahí por todas las callecitas. Fue una experiencia preciosa. Pasamos un rato maravilloso y agotador y en sólo 55 minutos ya me quedé muy enamorado de la favela.
Al grabar en estos sitios no necesitas maquillaje. Recuerdo que nos paramos en un pequeño bar maravilloso. Todo lo que sale de allí tiene mucha fuerza: las caras de la gente, las antenas… La tierra de Brasil está muy viva y en cualquier cemento, a la que te despistas, aparece un árbol rompiendo el suelo y creciendo. Esa mezcla de antenas y raíces me sorprendió. Y la gente, tan maja y abierta que compartía todo con nosotros. Algunas fotos de ahí aparecen en mi libro Amor a lo diminuto. Me sorprendió la cantidad de arte urbano que había y el nivelón. Hay un barrio de São Paulo donde graffiteros de street art, algunos amigos míos, hacen verdaderas obras de arte. Pero en Os Praceres los hace la gente de allí de la favela y ya en la entrada hay una pintada maravillosa. Mucho nivel. También hay grandes músicos. Y una biblioteca que se han ido currando poco a poco. Ha cambiado mucho el tema de las favelas en los últimos seis siete años. Todavía hay desequilibrios pero la cosa está más nivelada. Hay menos violencia y cada vez más gente haciendo proyectos integradores de chavales haciendo surf y de todo.
Ahora tengo la idea de hacer un concierto para esta gente que se portó tan bien conmigo. Volver en noviembre, que estaré tocando por allí, y participar del trabajo social de integración que hace mi compadre B-Negâo. En Sudamérica lo que crea más violencia es separar y poner muchas rejas y levantar muros. Es así como se crean todos los problemas. Por eso están trabajando mucho para que no se creen muros entre Santa Teresa y la favela de Os Praceres y demostrar que si integras un barrio con otro las cosas fluyen y no hay ningún tipo de violencia. Si pones trescientos seguratas con pistolas es donde se genera la actitud violenta. Para mí poder disfrutar de Os Praceres fue una experiencia muy bonita en la que me lo pasé muy bien.








