
THUG LADIES
DJ's
Es domingo, medianoche y estamos saliendo de una fiesta de música clásica electrónica. A dos calles, Alexanderplatz. Estamos en la ciudad donde si quieres, no duermes. Puedes ir de fiesta en fiesta y de garito en garito todo el día. Berlín, ciudad que amamos además, por su cultura, diversidad y su capacidad de resurrección.
Es agosto del 2007 y, en estos momentos, Week End es un club de parada obligatoria. Dos plantas con terraza en el treceavo piso de un edificio estalinista. Nos perdemos por las salas, nos sorprendemos con los mejores baños que hemos visto nunca en un club, y cuando conseguimos apartar la vista del gran panel de leds verdes de la pared, subimos las escaleras. Lo mejor son, sin duda, las vistas desde la terraza, saboreadas con un gin tonic. Se acercan a ligar unos gambiteros, los despachamos. Se acercan a ligar unos simpáticos, les sonreímos un rato. Ha sido una velada encantadora y piensas “todos los domingos deberían ser así”.
Lo bueno siempre se acaba y tenemos que abandonar el club. Trece pisos abajo, todo sigue igual. Imperturbable, la ciudad más regeneradora continua rodando. Nuestros momentos no le afectan, sólo los abraza. Pasan unas bicicletas, cogemos las nuestras. Candado, timbre, sillín... no somos expertas y tardamos mucho, todavía no nos hemos dado cuenta de que en Berlín no es necesario poner bombas atómicas para impedir que te roben la bicicleta. Venimos de Amsterdam y está siendo un viaje sobre ruedas en todos los sentidos.
Oímos una voz a nuestras espaldas. “Hey girls!” Empieza la conversación. Y qué hacéis aquí, y de dónde sois, y qué tal el sitio, y ¿qué os parecería venir mañana a mi fiesta de cumpleaños? Nos ve dubitativas e intenta convencernos de que estará muy bien y habrá un concierto del grupo en el que toca. Todavía nos peleamos con la el candado pero una de nosotras levanta la cabeza para preguntar, “¿ah sí? ¿cómo se llama el grupo?”. “No creo que lo conozcáis”, contesta el chico como si se tratara de una banda de barrio, “hace tiempo que tocamos en Berlín y nos llamamos The Whitest Boy Alive”. Se nos caen las llaves, el candado y por poco las bicis encima al oírlo. No sabríamos decir quien quedó más sorprendido, si nosotras, al ser invitadas por uno de nuestros grupos favoritos a su fiesta de cumpleaños o el cumpleañero en cuestión, bajista del grupo, al descubrir que tenía fans españolas.
55 minutos es lo que duró el concierto íntimo para "amigos" de los Whitest Boy Alive. Los 55 mejores minutos de la vida son esos que compartes con los tuyos en el momento adecuado, cuando la casualidad se junta con la magia y se te quedan grabados en la memoria para siempre.
Es agosto del 2007 y, en estos momentos, Week End es un club de parada obligatoria. Dos plantas con terraza en el treceavo piso de un edificio estalinista. Nos perdemos por las salas, nos sorprendemos con los mejores baños que hemos visto nunca en un club, y cuando conseguimos apartar la vista del gran panel de leds verdes de la pared, subimos las escaleras. Lo mejor son, sin duda, las vistas desde la terraza, saboreadas con un gin tonic. Se acercan a ligar unos gambiteros, los despachamos. Se acercan a ligar unos simpáticos, les sonreímos un rato. Ha sido una velada encantadora y piensas “todos los domingos deberían ser así”.
Lo bueno siempre se acaba y tenemos que abandonar el club. Trece pisos abajo, todo sigue igual. Imperturbable, la ciudad más regeneradora continua rodando. Nuestros momentos no le afectan, sólo los abraza. Pasan unas bicicletas, cogemos las nuestras. Candado, timbre, sillín... no somos expertas y tardamos mucho, todavía no nos hemos dado cuenta de que en Berlín no es necesario poner bombas atómicas para impedir que te roben la bicicleta. Venimos de Amsterdam y está siendo un viaje sobre ruedas en todos los sentidos.
Oímos una voz a nuestras espaldas. “Hey girls!” Empieza la conversación. Y qué hacéis aquí, y de dónde sois, y qué tal el sitio, y ¿qué os parecería venir mañana a mi fiesta de cumpleaños? Nos ve dubitativas e intenta convencernos de que estará muy bien y habrá un concierto del grupo en el que toca. Todavía nos peleamos con la el candado pero una de nosotras levanta la cabeza para preguntar, “¿ah sí? ¿cómo se llama el grupo?”. “No creo que lo conozcáis”, contesta el chico como si se tratara de una banda de barrio, “hace tiempo que tocamos en Berlín y nos llamamos The Whitest Boy Alive”. Se nos caen las llaves, el candado y por poco las bicis encima al oírlo. No sabríamos decir quien quedó más sorprendido, si nosotras, al ser invitadas por uno de nuestros grupos favoritos a su fiesta de cumpleaños o el cumpleañero en cuestión, bajista del grupo, al descubrir que tenía fans españolas.
55 minutos es lo que duró el concierto íntimo para "amigos" de los Whitest Boy Alive. Los 55 mejores minutos de la vida son esos que compartes con los tuyos en el momento adecuado, cuando la casualidad se junta con la magia y se te quedan grabados en la memoria para siempre.







