
JAVIER MENDIZÁBAL
Skater
Como llegué hasta aquel campamento de autobuses llamado Edén es una larga historia, pero digamos que tenia 22 años y se me juntaron muchos cambios a la vez. Necesitaba respirar y mirar de lejos así que me piré, me esfumé, me evaporé y tras unas semanas dando tumbos, acabé convirtiéndome en el único vecino de este inglés sin oficio conocido. Los días en el Edén corrían improvisados. Desde tranquilas tardes de paseos y contemplación del desierto a explosiones de montañas de basura motorizada (Jonathan coleccionaba coches que no arrancaban) o performances de mi vecino vestido de mujer o simplemente charlas infinitas donde sobrevolaba el desierto en uno de sus autobuses sin motor.
No tardé demasiado en darme cuenta de que mi nuevo vecino era realmente una eminencia en lo que respecta a sustancias psicodélicas del desierto y la llegada de los primeros invitados me lo confirmó. Dos chavales y la chica del pelo de colores habían venido en bus y autostop desde Los Ángeles hasta la puerta de mi caravana con el único propósito de conocer a Jonathan y probar el pus del sapo (DMT), probablemente el alucinógeno más potente del planeta.
Venían personajes de todo tipo desde todas partes: hombres solitarios, grupos de gente, silenciosos, charlatanes, jóvenes, viejos, hombres de carretera, escritores, negociantes... venían, probaban el sapo, se desnudaban, corrían por el desierto, aullaban... de todo un poco. Hasta que volvían por dónde habían venido. Por lo que me contaron algunos de nuestros invitados, este sapo no es fácil de encontrar y resultaba que en nuestro pequeño desierto, Jonathan sabía muy bien dónde se escondían. Pero bueno, esta no era la única atracción del Edén; Jonathan guardaba más sorpresas.
Allá en la caravana solitaria, a la que nunca me invitó y nunca visité, guardaba máquinas de fabricación propia con las que hacía lavativas (20 litros de agua por el culo ) a la gente local a la que convencía cuando iba al pueblo mas cercano a por víveres. La verdad es que algunas acaloradas discusiones salieron de aquella caravana. Y bueno, así pasaban los días en el Edén, algunos más movidos que otros, hasta que de repente y sin avisar, llegó la calma total. Días sin visitas, Jonathan sin vestirse de mujer ni performance alguno. Los días se alargaban. Días tardamos en enterarnos de que las torres gemelas de New York habían caído y el país entero estaba parado. Allí no había ni tele, ni radio, ni internet, ni teléfonos, ni llegaba ya nadie. Jonathan parecía algo afectado pero tampoco parecía querer hablar mucho del tema. Lo que sí hizo fue juntar toda, toda la chatarra que acumulaba. Motores, ruedas, tuercas, estructuras oxidadas no identificadas. Todo en una montaña chatarrera de grandes dimensiones. La roció y le prendió fuego, en lo que yo interprete como su personal homenaje a la caída de las torres.
Posiblemente me encontraba en el lugar más seguro de todo el país en aquellos días. Allí no iba a llegar nadie en caso de que cundiese el pánico general lo cual por momentos parecía más que posible. Pero aun así, me comenzó a invadir la sensación de que quizá era hora de volver a casa. Así que yo también, tal y como llegué, me piré... sin abrazos ni explicaciones. Un simple gracias y una sonrisa. Año y pico después mi amigo Jonathan moría en violentas circunstancias. Es lo que tienen los sapos alucinógenos, los autobuses voladores y las armas cargadas.
No tardé demasiado en darme cuenta de que mi nuevo vecino era realmente una eminencia en lo que respecta a sustancias psicodélicas del desierto y la llegada de los primeros invitados me lo confirmó. Dos chavales y la chica del pelo de colores habían venido en bus y autostop desde Los Ángeles hasta la puerta de mi caravana con el único propósito de conocer a Jonathan y probar el pus del sapo (DMT), probablemente el alucinógeno más potente del planeta.
Venían personajes de todo tipo desde todas partes: hombres solitarios, grupos de gente, silenciosos, charlatanes, jóvenes, viejos, hombres de carretera, escritores, negociantes... venían, probaban el sapo, se desnudaban, corrían por el desierto, aullaban... de todo un poco. Hasta que volvían por dónde habían venido. Por lo que me contaron algunos de nuestros invitados, este sapo no es fácil de encontrar y resultaba que en nuestro pequeño desierto, Jonathan sabía muy bien dónde se escondían. Pero bueno, esta no era la única atracción del Edén; Jonathan guardaba más sorpresas.
Allá en la caravana solitaria, a la que nunca me invitó y nunca visité, guardaba máquinas de fabricación propia con las que hacía lavativas (20 litros de agua por el culo ) a la gente local a la que convencía cuando iba al pueblo mas cercano a por víveres. La verdad es que algunas acaloradas discusiones salieron de aquella caravana. Y bueno, así pasaban los días en el Edén, algunos más movidos que otros, hasta que de repente y sin avisar, llegó la calma total. Días sin visitas, Jonathan sin vestirse de mujer ni performance alguno. Los días se alargaban. Días tardamos en enterarnos de que las torres gemelas de New York habían caído y el país entero estaba parado. Allí no había ni tele, ni radio, ni internet, ni teléfonos, ni llegaba ya nadie. Jonathan parecía algo afectado pero tampoco parecía querer hablar mucho del tema. Lo que sí hizo fue juntar toda, toda la chatarra que acumulaba. Motores, ruedas, tuercas, estructuras oxidadas no identificadas. Todo en una montaña chatarrera de grandes dimensiones. La roció y le prendió fuego, en lo que yo interprete como su personal homenaje a la caída de las torres.
Posiblemente me encontraba en el lugar más seguro de todo el país en aquellos días. Allí no iba a llegar nadie en caso de que cundiese el pánico general lo cual por momentos parecía más que posible. Pero aun así, me comenzó a invadir la sensación de que quizá era hora de volver a casa. Así que yo también, tal y como llegué, me piré... sin abrazos ni explicaciones. Un simple gracias y una sonrisa. Año y pico después mi amigo Jonathan moría en violentas circunstancias. Es lo que tienen los sapos alucinógenos, los autobuses voladores y las armas cargadas.










